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Han pasado los años. Te sigue apasionando volar. Pero... ¿Recuerdas tus primeras sensaciones relacionadas con el vuelo?

El otro día aterricé en un prado, cerca de una aldea. En seguida aparecieron unos niños. Estaban emocionados. Conmocionados. ¡Alguien que venía del cielo había aterrizado allí, cerca de ellos! No paraban de hacerme preguntas, inquietos, curiosos. Para mí, sin embargo, había sido un aterrizaje más: Elegir el sitio, observar el viento en tierra, controlar los cables -¡Este país está plagado de cables!-, hacer la aproximación.

Y entonces recordé lo que había sentido yo mismo, cuando aún no volaba, un día que había acompañado a Jorge al despegue de Arcones. Estaba conmigo, había montado su ala, y de repente estaba en el aire. Aunque pasaba a cincuenta metros de mí, era un abismo lo que nos separaba: Para mí era imposible estar allí. Él estaba suspendido en el aire, y podía ir hacia donde quisiera. Yo, en cambio, tenía que seguir con los pies pegados al suelo. Peor, con todo mi cuerpo pegado al suelo.

Luego yo mismo he podido saltar a ese abismo. Recuerdo ahora el miedo de las primeras veces. El corazón acelerado. La emoción. Recuerdo las primeras térmicas, la sensación del frío en la cara, la sorpresa de ver cómo se hacían pequeños los coches, cómo las montañas perdían su relieve y se convertían en algo plano allí abajo.

Sí, nos sigue apasionando volar, después de los años. Pero hemos perdido la capacidad de sorprendernos de lo que hacemos. Ha dejado de parecernos algo mágico. Y no está mal, de vez en cuando, hacer un esfuerzo de memoria. Recordar las primeras sensaciones.

Arturo F.

Revista Cross Country, fecha sin determinar.

 

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