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La vista desde el despegue era preciosa: Un mar blanco, con suaves ondulaciones, se extendía por debajo en todas direcciones. Solamente asomaban, como islas en el horizonte, los picos de otras montañas más altas, muy lejanas. Yo había visto, subiendo, que esa capa de nubes era estrecha, y que no llegaba en absoluto hasta el suelo. Desde la base de la nube hasta el aterrizaje había varios cientos de metros de desnivel. Aunque estaba en Castilla, en mitad de la meseta, aquello me recordó los videos que había visto de vuelos en las islas Canarias. Siempre me habían llamado la atención. Y ahora tenía la oportunidad de volar en esas condiciones.

Así que me preparé, coloqué la pequeña brújula, que siempre llevo, en un lugar bien visible, me aseguré de que no hubiera nada metálico cerca de ella, y salí tranquilamente. Otras veces el despegue había sido mucho más inquietante. Cuando la niebla estaba pegada a toda la ladera, casi hasta abajo. Aún recuerdo con angustia aquella vez que despegué en la niebla y en seguida comprobé que la brújula no funcionaba. Afortunadamente soplaba una buena brisa que me subió unos cuantos metros. Gracias a ello, sin darme cuenta, pasé por encima de la cuerda, me comí toda la turbulencia del sotavento y aterricé como pude en una praderita. Entre la niebla distinguí la sombra de dos pinos, uno a cada lado de donde había aterrizado. Y palpando descubrí en mi bolsillo las llaves que habían anulado la brújula.

Pero esta vez tenía un buen rato de vuelo desde el despegue hasta que me metiera en la nube. Según iba perdiendo altura y me acercaba a la capa de nubes, veía cada vez con más nitidez el “halo del aviador”, ese arco iris pequeño, totalmente circular, con la sombra del parapente en el interior, y la sombra de mi cabeza justo en el centro. El círculo fue acercándose y agrandándose, hasta que lo atravesé. Ya estaba metido en la nube.

 

La primera sensación asusta. No se ve nada, todo alrededor es niebla. En seguida hay que fijarse en la brújula. Como las otras veces, la aguja empezó a girar lentamente. La primera vez que me había ocurrido eso, pensé que la brújula se había estropeado. Yo volaba recto, pero la brújula giraba.

Imagen obtenida de internet.

Tardé un rato en darme cuenta de que lo que fallaba era lo otro: Yo no volaba recto. Al no tener referencias, no rectificaba la trayectoria, y el parapente giraba imperceptiblemente, pero inexorablemente. Así que me obligué, contra mi instinto, a creer en la brújula y a ir rectificando la trayectoria de vuelo.

Poco a poco me acostumbré a volar en la nube. Me inquietaba un poco poder tropezarme con algo. Sabía que no había otros parapentes volando, pero muchas veces había visto a los buitres girar térmicas hasta meterse en la nube. Y un encuentro con un buitre no me apetecía mucho.

Y, de pronto, la niebla se fue disipando y empecé a distinguir el suelo. Me sorprendió, como siempre en esa circunstancia, la intensidad de los colores. El verde brillante de los campos, el azul intenso del agua del pantano. Y me invadió, como siempre, la incertidumbre. ¿Dónde estaba?  Yo sabía que, aunque saliera de la nube sólo cien metros desviado del trayecto que había volado tantas veces, en un primer momento era incapaz de reconocer dónde estaba. Luego, poco a poco, identificaba el pantano, el camino de subida, la carretera, los pueblos.

Pero esta vez la extrañeza me duraba más de lo normal. ¿Y por qué había barcos en el pantano? ¿Y por qué no se veía la orilla opuesta? ¿Y por qué, de repente, el aire era mucho más cálido y más húmedo? ¿Y por qué la orilla era una ancha playa? Con sombrillas, y un chiringuito, y gente bañándose, y barcas de vela y de pedales.

Bueno, pensé, el vuelo dentro de la nube ha debido de ser más largo de lo que me ha parecido. Aterricé en la playa, me fui al chiringuito, me tomé una cerveza y encargué una paella. Todo en un perfecto valenciano que no sorprendió a nadie. Las cosas hay que tomarlas como vienen. Sin embargo, por un momento, me asaltó la misma inquietud de siempre: A ver cómo vuelvo yo ahora a por el coche.

Arturo F.

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