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Habían anunciado tormentas. Pero el cielo estaba totalmente azul. Así que salí tranquilamente a volar. Me costó dar con la primera térmica. Pero al fin la encontré. Era buena. Giré y subí un buen rato.

No paraba de mirar para arriba, por encima del parapente, inquieto. Pero no había señal de que se fuese a formar ninguna nube. Ni la menor condensación, nada. Y todo el cielo seguía azul, hasta el horizonte.

– Otra vez se han equivocado, pensé.

 

Estaba ya muy alto. Y seguía subiendo. Y todo parecía tranquilo, normal. El vuelo era muy agradable, la térmica perdía algo de fuerza, pero seguía subiéndome de modo consistente.

Hasta que, muy por debajo de mí, empezó a formarse una neblina extraña. Primero, simplemente, veía borroso, como turbio, el suelo que estaba justo debajo. Luego empezó a ponerse lechoso, hasta que dejé de verlo por completo. La ascendencia seguía grande, aunque cada vez más suave y tranquila. Y ya estaba claro que se estaba formando una nube, que crecía rápidamente, varios cientos de metros por debajo de mí.

Entonces la térmica que había estado girando desde el principio desapareció y el aire se puso laminar. Pero yo no perdía altura. A medida que la nube crecía y subía, yo iba subiendo también, como si la misma nube empujase hacia arriba el aire que estaba sobre ella.

No me inquieté. El vuelo era bueno, y estaba sobre la única nube que había en el cielo, de modo que en cualquier dirección podría salir de allí sin problema. Al contrario, me mantuve siempre encima del lomo de la nube, admirando su superficie algodonosa y radiante, iluminada por un sol sin filtros.

De pronto, a pesar de lo brillante de la nube, toda ella se iluminó desde dentro con una luz aún más intensa, y en seguida pude oír un potente trueno. ¡Tenía una tormenta debajo de mí!

Pero yo seguía volando confiado, sin ninguna intención de acortar el vuelo. Se estaba bien allí, sentado en primera fila, contemplando desde una perspectiva inusual el espectáculo de una enorme nube extendida a mis pies iluminándose cada poco con una furiosa luz interior.

La tormenta fue larga, e intensa. Y todo el tiempo estuve volando tranquilamente sobre ella.

Fue un vuelo agradable, que duró varias horas. Por fin la nube se deshizo, la ascendencia terminó, y yo hice un planeo tranquilo, en un aire fresco y húmedo que olía a tierra mojada, hasta un suelo empapado en el que aún corrían torrentes de agua marrón.

Siempre me ha dado miedo encontrarme volando de repente bajo una tormenta. Pero nunca hasta ese día pensé que sería tan placentero y relajante volar sobre ella.

Cúmulos congestus sobre Arcones.

Arturo F.

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