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Si alguna vez, volando en verano al atardecer, el aire empieza a oler a hierbabuena, tienes que saber que has tenido una suerte que pocos tienen: ¡Has encontrado la térmica de hierbabuena!

Será muy suave. Al principio no subirás, simplemente dejarás de bajar. Pero no te vayas, mantente, y si notas que el olor desaparece, date la vuelta, búscalo, no lo pierdas, estás a punto de disfrutar de uno de los mayores placeres del vuelo.

El parapente dejará de moverse, casi te parecerá que ni siquiera avanza. Ninguna turbulencia, ningún meneo. Suavidad absoluta. No necesitarás el vario. Notarás que, poco a poco, vas subiendo. El olor a hierbabuena se irá intensificando. Hasta te atontará un poco. Tal vez en el campo de hierbabuena del que se ha desprendido la térmica crecen también algunas plantas de otro tipo, con efectos afrodisíacos, o adormecedores, o todo a la vez.

Durante mucho rato volarás envuelto en un halo de irrealidad, de suavidad total, de calma, de felicidad. Notarás que el suelo se va alejando, que todo se va haciendo más pequeño, que el aire se vuelve más fresco, más ligero, y más acogedor también. Te pondrás más cómodo en tu silla. Te adormecerás. Te dejarás llevar, flotando, mientras la tierra se va oscureciendo en el atardecer.

Después de mucho rato volverás poco a poco a ser totalmente consciente. Lo primero que notarás es que el olor a hierbabuena se desvanece. Que no te importe. No lo busques. No puedes hacer nada. La magia se está acabando. Verás que estás muy alto. Y te quedará el último regalo de la térmica de hierbabuena: Un planeo suave, largo, tranquilo, hasta el suelo. No intentes buscar de nuevo la térmica. Ni esa ni ninguna otra. No hay nada, todo se ha acabado. Aterriza tranquilo, feliz de lo que has vivido. Y piensa que, dentro de mucho tiempo, cuando estés volando, una tarde de verano, tal vez empieces a notar de nuevo un imperceptible olor a hierbabuena en el aire.

Arturo F.

 

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