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Los ingleses llaman ascensor a cualquier térmica. Pero para mí un ascensor te coge en la planta baja y te sube hasta el piso que tú quieras. El ascensor es una térmica que empieza desde el suelo.

¿Un diablillo?

No, no, una térmica aprovechable.

Eso no existe.

Lo mismo pensaba yo. Pero la he visto... Y la he volado. Es como si el aire caliente y ascendente surgiese del mismo suelo. Os lo voy a contar.

Junto a mi casa hay una gran pradera, cruzada por el medio por un arroyo, de modo que las dos mitades de la pradera tienen un poco de inclinación hacia el arroyo. Un lugar perfecto para despegar en paramotor...  cuando hayan inventado los motores sin ruido. En esa pradera, un día, por casualidad, vi el ascensor. Un milano giraba tranquilamente a muy pocos metros del suelo, encima del arroyo. Giros amplios, ningún movimiento, ni de alas ni de cola (y ya es raro, los milanos no paran de mover la cola, como si estuvieran continuamente en la cuerda floja). Y subía tranquilamente. Y al poco lo perdí de vista entre las nubes.

Desde entonces no he parado de observar ese ascensor. Aprendí a distinguir en qué condiciones funciona, incluso en qué momento se pone en marcha. Observé el lugar exacto. Vi subir golondrinas, cigüeñas, todo tipo de rapaces. Vi semillas voladoras, vi arañas colgadas de sus hilos. Siempre en el mismo sitio, siempre con el viento de sur. Siempre cuando el cielo está lleno de cúmulos pequeños repartidos por todas partes.

Y me dije que yo también tenía que probarlo. Hice muchos intentos. Algunas veces conseguía subir unos pocos metros y, cuando pensaba que lo más difícil estaba hecho, me encontraba de repente en el suelo.

Pero hoy iba a ser diferente. Lo notaba en el aire. Las condiciones eran perfectas, la brisa tenía justo la orientación y la intensidad adecuadas. Los ciclos estaban espaciados el tiempo exacto. Las nubes eran perfectas. Me preparé. Esperé. Cuando cesó la brisa empecé a correr, sin poder evitar la leve sensación de ridículo que tenía siempre: Cualquiera que me viese correr por la llanura con la evidente intención de echarme a volar pensaría que estaba tonto. Sobre todo si el observador sabía de qué iba eso del parapente.

Pero mis pies se separaron del suelo. Y de repente el parapente se quedó frenado y empezó a subir. Cinco metros, diez metros. Podría pensar que lo más difícil estaba hecho, pero por intentos anteriores sabía que no. Entonces empecé un giro. Muy suave, muy lento, realizado sólo con el cuerpo, sin tocar los mandos. Casi no subía, pero desde luego no perdía ni un metro. Muy poco a poco me fui separando del suelo. Al rato ya me atreví a frenar un poco, a aprovechar los sitios de mejor ascendencia.

¡Lo había conseguido! Tenía ya una buena altura, la térmica se había fortalecido, yo subía alegremente. Hasta el último piso, justo debajo de la nube. Hasta que mi casa, mi mujer, mi Audi, no eran más que pequeños puntos debajo de mí. (Bueno, reconozco que esta última frase es un plagio de un relato que leí hace ya bastantes años, en el que un pobre diablo, para quien lo único que tenía nombre propio era su coche, contaba uno de sus vuelos).

Imagen tomada el día de la térmica, sin trucos ni montajes.

Volé mucho rato. Era uno de esos días en los que las térmicas estaban repartidas homogéneamente por toda la llanura. Cuando empezó a atardecer aterricé junto a mi casa, cerca de mi coche. Mi mujer me estaba esperando. Ella también había volado, también había cogido el ascensor y había subido alto. Pero, una vez superado el reto, no tuvo tanto interés como yo en prolongar el vuelo (Eso ya no vale, suele decir), y había aterrizado hacía rato.

No os diré el nombre de mi coche, más que nada porque a menudo me cuesta recordarlo. Tampoco el de mi querida mujer. Los que la conocéis ya sabéis cómo se llama. Y a los que no, ¿Qué más os da?

Si habéis volado en el valle de Abdalajís, o en Organyà, o incluso en Piedralaves, o si habéis conseguido despegar de Rials y subir hasta Liri, sabréis la emoción intensa que se siente despegando desde un lugar muy bajo y remontando, con más o menos dificultad, hasta el cielo. Imaginaos entonces lo que sentía yo ese día que conseguí coger el ascensor en la planta baja, en la misma llanura.

Arturo F.

 

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