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¿Hay térmicas en el mar?

¡Pues claro que sí! ¿Acaso no hay tormentas en el mar? Pues los cúmulos de esas tormentas seguro que tiran bien. Demasiado bien, diría yo.

No, no, yo me refiero a térmicas normales, de esas que puedes girar sin miedo y te suben unos cientos de metros.

Repito, rectifico: ¿Hay térmicas normales en el mar? Y si las hay, ¿Dónde se forman? ¿Dónde se disparan? ¿Se puede distinguir todo eso desde el aire?

Llevaba yo tiempo obsesionado con esa duda cuando, de repente, llegó el día.

Ese día mi cabeza no funcionaba bien. O, para ser más precisos, funcionaba peor que de costumbre. Me sentía aturdido, tenía los reflejos lentos, tenía una sensación de irrealidad, de estar como flotando. Tan mal estaba que ni siquiera tuve la sensatez de darme cuenta de que no estaba en condiciones de volar. ¿Una laderita en Santa Pola?, ¿Y además yo solo? No hace falta estar muy espabilado para que eso salga bien.

Así que allí me fui. La ladera funcionaba muy bien. Del despegue al faro, del faro al despegue. Del despegue al faro otra vez. Del faro al despegue otra vez.  Después de un rato uno empieza a hacer variaciones para romper la monotonía: barrenas, wingovers, vuelos hasta el mar perdiendo altura y volviendo bajo, con el riesgo de no poder remontar en el acantilado, quedarse donde más se sube para conseguir altura, esas cosas. Yo hice esto último, y subí bastante alto, y me puse sobre el mar, casi sin perder altura. Delante de mí la isla de Tabarca me tentaba. ¡Tan cerca!, aunque desde luego no a tiro de un planeo, incluso con mi ofuscada cabeza me daba cuenta de eso. Pero ¡tan tentadora!, ¡tan tentadora! Y de repente me vi volando hacia ella, ya muy metido en el mar. Imposible dar la vuelta, no tenía altura para llegar a la orilla. Así que seguí adelante. Por fin iba a saber si había térmicas en el mar. Delante de mí la superficie del agua tenía un color diferente, una textura diferente. ¿Será ésa la señal de la térmica? Me fui hacia esa zona, me puse encima. Nada, no subía nada. El mar estaba cada vez más cerca, la isla cada vez más lejos.

Tuve el tiempo justo de aplicar todo el protocolo para amerizajes: Desatarme por completo de la silla, quitarme las botas (Y atarlas fuertemente a la silla para no perderlas, les tenía cariño), quitarme toda la ropa posible -de hecho, toda la ropa- y saltar unos pocos metros antes de llegar al agua. Cerca de una barca, menos mal.

Me recogió la única ocupante de la barca, una mujer joven, guapa, amable. Y tan desnuda como yo. Durante unas breves horas -¡qué cortas me parecieron!- hicimos un biplaza mágico, cogimos térmicas que nos subieron hasta el paraíso (¿Serán éstas las térmicas marinas?), visitamos paisajes alucinantes, hicimos sats, y helicópteros, y barrenas de vértigo y otras muchas maniobras que todavía no se han inventado.

Cuando, al atardecer, me dejó en el muelle junto a mi equipo empapado, sin embargo, me volvió a asaltar la misma duda que hacía tiempo que no se me quitaba de la cabeza: Pero, ¿Hay térmicas normales en el mar?

Arturo F.

BOAT FOURTEEN Harry Holland. Óleo sobre lienzo.

Harry Holland es pintor realista figurativo escocés.

www.harry-holland.com

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