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En medio del inmenso mar que es Castilla hay un cerro testigo. No es redondo, como la muela de Alarilla, sino alargado. Muy alargado. Se extiende de Este a Oeste durante varios kilómetros.

Tiene ladera tanto a Norte como a Sur. Arriba hay enormes campos para extender la vela. Se puede levantar fácilmente, aunque, si sopla un poco, es difícil avanzar hasta el borde de la ladera. Abajo se puede aterrizar en cualquier sitio. Y, sobre todo, se tarda 10 minutos en subir desde el aterrizaje hasta el despegue, con la vela recogida en coliflor. Así que es posible hacer unos cuantos descensos en una tarde. Un sitio ideal para un principiante como yo.

Ese cerro tiene la sorprendente particularidad de que hay un irlandés que vuela allí. Exótico, ¿no? Tan exótico como si a la montaña de cerca de tu casa fuese a hacer ladera un cóndor, o un albatros, o un pingüino. Tengo que decir que después he conocido Irlanda. Su lluvia intermitente, o incluso pertinaz. Su viento que a veces -pocas- no es huracanado. En Irlanda si no llueve es porque ya ha llovido. O porque va a llover (Este último “O” debería ser “Y”). Y si, por un error tanto meteorológico como estadístico, un día no llueve, seguro que sopla un viento casi tan fuerte como el que sopla los días de lluvia. Yo creo que ser parapentista en Irlanda es tan duro como serlo en Holanda. O más. Así que mi sorpresa inicial sobre los irlandeses y el cerro de Castilla ha sufrido un giro de 180 grados: Ahora lo que me sorprende es que no haya cien irlandeses volando allí todos los días.

En fin, el viento entraba enfrentado. Seguramente iba a hacer mi primer vuelo de ladera. Conseguí salir, más mal que bien, y me puse a hacer ochos justo frente al despegue, sin alejarme mucho hacia ninguno de los dos lados. Me mantenía cómodamente a unos 50 metros por encima del relieve. Así pasaba el tiempo, yo encantado, alucinado con el vuelo que me estaba dando. Seguía con mis ochos. Y empecé a subir más y más. Y más. Y más. Pero yo no me movía de la zona en la que estaba volando desde el principio, los mismos bordos, y no me atrevía a alejarme hacia un lado o hacia el otro más que cuando estaba rascando la ladera. Subí mucho. Pero mucho. Hasta 697 metros sobre el despegue, según el vario. Y allí arriba yo seguía con mis ochos. Estaba tan alto que me costaba saber cuándo tenía que girar. Luego empecé a bajar. Y a bajar. No me atreví a aterrizar en el cerro. Lo hice abajo, donde siempre. Y subí en 10 minutos, para recoger el coche.

Sólo mucho tiempo después llegué a pensar que a lo mejor aquello que había volado era una térmica.

Ojalá hubiera habido alguien en el despegue que me hubiera dicho: ¡¡¡Gira eso!!! ¡¡¡Vete, déjate llevar, yo iré a recogerte!!! Habría volado mi primera térmica y hecho mi primer cross casi antes de haber hecho mi primer vuelo de ladera.

 

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