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LADERA DE NUBE

Despegué. Soplaba un viento perfecto para hacer ladera. Estuve volando mucho rato, yendo y viniendo. Pero al final el vuelo de ladera aburre, y hay que arriesgar algo para hacerlo más entretenido. Así que me separé de la montaña, hacia la llanura, bajando, hasta que encontré una térmica. Me subió muy alto, más que la montaña, sobre la que se había formado un bonito cúmulo.

Cuando la térmica se acabó – O la perdí, nunca estoy seguro de si pasa una u otra de esas dos cosas –, volví a la ladera. Llegué con altura suficiente para remontar, haciendo bordos, hasta la cuerda, hasta el despegue. Y más arriba, porque el cúmulo que había encima actuaba como una prolongación de la montaña, y la dinámica seguía funcionando.

Es agradable y tranquilo hacer ladera en una montaña. Pero os aseguro que es mucho más agradable y tranquilo hacer ladera en un cúmulo. ¡Te puedes arrimar todo lo que quieras, sin miedo a una descendencia repentina que te lleve al suelo, sin miedo a árboles o rocas salientes en los que acabar enganchado! Incluso te puedes meter dentro de la nube, aunque entonces la ascendencia se para de golpe.

Haciendo ladera en montaña, uno de los entretenimientos es separarse de ella, volver con poca altura y esforzarse en remontar de nuevo bien arrimado a la ladera. Haciendo ladera en una nube, yo podía hacer eso. Pero tenía también la otra opción: perder altura no alejándome de la nube, sino metiéndome en ella. Me metí varias veces, me desorienté en la niebla, salí con la ayuda de la brújula, pero en sitios insospechados desde los que me resultaba más difícil remontar. Pero la remontada era más bonita, y más relajada. Iba bordeando los innumerables valles y salientes de la nube, y cuando giraba y volvía a pasar por el mismo sitio una segunda vez, ya todo había cambiado, todo era distinto.

Estuve mucho rato jugando, separándome, entrando y saliendo, remontando poco a poco el enome laderón de la nube.

A medida que subía por la ladera de la nube, su superficie se iba haciendo más lisa, menos ondulada, con valles y cabos más pequeños, hasta llegar a su loma, amplia, redondeada y pulida. Pensé que, si fuera una montaña, el aterrizaje arriba sería muy fácil. Así que aterricé. Pero claro, la nube no me sujetó, y me fui hundiendo poco a poco en ella. Primero desaparecieron mis pies, luego las piernas y la silla, luego todo lo demás. Bajé tranquilamente por su interior, haciendo giros, hasta salir al cabo de mucho rato por su base. Tenía el despegue justo debajo, de modo que seguí girando y bajando hasta aterrizar tranquilamente, varias horas después de haber despegado, y ante la mirada atónita de los que allí estaban, que no se explicaban de dónde había salido.

Jonny Durand haciendo ladera en el Morning Glory.

Foto de Mark Watson, inciteimages.com

ARRIBA, ABAJO

Tarde, como tantas veces, llegaba tarde, con mi eterno complejo de conejo de Alicia. En el laderón ya estaban mis amigos, disfrutando del 'soaring'. Qué palabra más bonita, cómo refleja la suavidad, la tranquilidad, de una ladera suave, laminar y gansa. No me daba tiempo de subir hasta allí. Tuve que optar por la pequeña montaña que hay en el valle, al pie de la grande en la que ellos estaban volando.

Esa montañita no es paralela a la grande, está un poco atravesada en el valle, de modo que la brisa hace que funcione sorprendentemente bien a partir de mediodía. Llegué al despegue en poco tiempo. Miré con envidia a mis amigos que volaban por encima la ladera de la montaña grande, allí arriba. La brisa estaba bien, me daría un vuelo tranquilo... y rastrero.

Pero cuando ya llevaba un rato yendo y viniendo por la laderita me encontré con una térmica. Bueno, más bien la térmica se encontró conmigo, porque yo no podía aventurarme muy lejos de donde estaba. Y empecé a subir, y pude hacer ya giros completos, y la montañita se fue quedando abajo, y yo me fui acercando a la altura de mis amigos, aunque muy a barlovento de ellos. Curiosamente, la misma térmica que a mí me subía hacía de pantalla para la brisa que les mantenía a ellos en la ladera, y fueron poco a poco perdiendo altura hasta que no tuvieron más remedio que ir a aterrizar, mientras yo seguía subiendo y subiendo, muy por encima de la montaña grande y de mis amigos que me miraban con envidia desde el aterrizaje.

EL LEVANTE AMAINA POR LA TARDE

Paraespera.

Seguro que no has oído nunca esta palabra. ¡Con lo bien que suena! Paraespera.

En cambio, estarás harto de oír su versión inglesa: Parawaiting.

PARA-PERA. Con la sonoridad de esas pes, de esas erres, que invitan a bailar un vals (Paraparaespe-pera-pera). ¿Y por qué no? En los despegues yo he visto hacer de todo. Desde la agradable vulgaridad de comer pipas hasta hacer calceta, o pintarse las uñas de los pies.... cada una de un color (¡¡¡Ei, Capi!!!).

Paraespera. Con ese aire a acertijo, a adivinanza. (Al final no es plátano. ¡Es pera!)

Pero parawaiting tiene para nuestra pequeña mente pueblerina una cualidad invencible, incuestionable, insuperable: Es inglés. Aunque si la pronunciase un inglés la mayoría de nosotros no tendríamos ni idea de lo que está diciendo. Y no digamos ya un escocés, o un irlandés, o un australiano. O un campesino británico. Pero, ahora que lo pienso, es posible que en la campiña inglesa digan la versión española. Pauaespeua. A lo mejor a ellos les parece muy cool.

¿Y en Alemania? PaRRaespeRRa. ¡Qué....! ¡Qué....! (¿Pero cómo se dice cool en alemán?) (Y, ya puestos, ¿cómo se dice en español?)

En fin, que me diluyo. “El levante siempre amaina por la tarde”

Eso le oí decir a un piloto hace ya muchos años, un día de levantazo, en un despegue. Ignoro si lo que dijo forma parte de la sabiduría popular o si se le ocurrió a él en ese momento, con el único propósito de amargarme el resto de mi vida. Desde entonces me he pasado horas y horas, días enteros, esperando a que el levante amainase por la tarde. En despegues orientados al este... y a todos los demás puntos cardinales. Y nunca, ni una sola vez, he terminado volando. Y como no consigo borrarme la frasecita de la cabeza, ahí sigo.

Yo calculo que si la relación entre horas totales de espera y horas totales de vuelo es de 5 a 1, puedes considerarte un volador afortunado. (De hecho, sólo conozco un deporte más frustrante que el parapente: El surf. ¡Esos chicos sólo aprovechan una ola de cada veinte! Y encima tienen que esperar en remojo). Pero, por culpa de la frasecita de marras, mi relación es al menos de 7 a 1. Cualquier día me compensará pasarme al surf. Al menos en eso el levantazo no es tan importante, y hasta es bueno si estás en el Mediterráneo.

En cualquier caso, prometo que el primer día que un levante bien entablado amaine por la tarde y me permita volar, escribiré un relato alucinante. Se titulará: 'El levante por fin amainó por la tarde'.

LA ÚLTIMA

Tarde. Llego demasiado tarde. Lo conozco bien. Primero se acaban las rachas térmicas y se queda un viento constante, a veces demasiado fuerte para poder despegar. Pero ese viento va paulatinamente, inexorablemente, amainando, y en menos de una hora se queda en una brisa mínima, hasta que se para del todo. El vuelo en esas condiciones es un poco triste: Sales cuando la velocidad del viento ya te lo permite, te separas y te mantienes bien. Ganas unos metros, recorres la ladera de un extremo al otro. Pero cada vez tienes menos altura sobre la cuerda, y tienes que arrimarte más y más para no hundirte, hasta pasar rozando las copas de los árboles más altos, hasta meterte en los recovecos de las rocas. Luego vas perdiendo altura junto a la ladera, hasta que no te queda más remedio que enfilar hacia el aterrizaje, con la última esperanza de una restitución que casi nunca se da.

Bueno, he venido a volar, así que voy a repetir una vez más todo ese proceso.

Pero hoy va a ser distinto. Cuando, siguiendo el guión establecido, ya estoy rascando como un loco para no irme abajo, encuentro una zona que me mantiene mejor. El vario pita tímidamente. Me quedo allí haciendo bordos, como un barco de vela que intenta alcanzar un cabo situado a barlovento. Gano unos metros, y decido separarme de la ladera en el punto en el que la ascendencia es mayor. Avanzo deprisa, como si la brisa se hubiese parado. Pero sigo subiendo suavemente. Como todo sigue así durante un buen rato, empiezo a girar la ascendencia. Y sigo subiendo, suavemente, sin ninguna deriva. Si acaso, yo diría que me voy separando algo de la ladera. Consigo una altura considerable, el aire se vuelve más fresco, y más luminoso. Abajo se nota ya el atardecer, y yo estoy girando la última térmica del día.

 

Arturo F.

 

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