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ATALAYA

Hoy, excepcionalmente, voy a contaros una historia real. Os parecerá sosa, tal vez vulgar, pero a mí me parece absolutamente extraordinaria.

El caso es que esta tarde soplaba mucho. Bueno, pensaba yo, tenemos un anticiclón, la previsión es que cada vez sople menos, seguro que es casi todo térmico y en cuanto baje un poco el sol el viento irá amainando. Igual que ayer. Subiré a la Atalaya. Tengo que decir que esa previsión la había hecho ya otras muchas veces. Pero... ¡Nunca se había cumplido! A veces el viento simplemente se mantenía, o incluso arreciaba, hasta que un sol rojo, poniéndose en el horizonte, me hacía desistir, recoger apresuradamente, bajar a oscuras. Qué difícil es bajar de noche, aunque sea un camino que has subido, como era mi caso, más de trescientas veces. Otras veces el viento efectivamente aflojaba. Pero tan deprisa que cuando por fin yo estaba preparado ya entraba de atrás. Alguna vez, incluso se congestionaba la nube sobre la montaña y descargaba en una tormenta repentina. Pero esta vez estaba claro. Más claro que nunca. Se pondría bien.

Así que he subido a la Atalaya. Despacio, no había prisa, soplaba mucho y el calor apretaba. Arriba he esperado un rato. Largo. He visto el sol ya bajo y he pensado: 'Debería empezar a caer el viento'. Y a partir de ese momento las rachas han sido menos fuertes. Entonces he pensado: 'Ahora debería quedarse laminar y algo más flojo' y efectivamente el viento constante ha empezado a aflojar. Entonces he podido salir. Y he disfrutado hasta la puesta del sol de una ladera gansa, laminar, cada vez más flotona. He acabado el día dándome un baño refrescante en el pantano. Un buen día.

Éste es el relato que iba yo pergeñando en mi cabeza mientras subía, despacio, hasta el despegue. Pero... Pero el viento no ha amainado, se ha mantenido siempre igual de fuerte. Salvo un amago de calmarse, el tiempo justo de sacar y desplegar la vela. Y otro amago media hora más tarde, el tiempo justo de levantar la vela. Seguro que no conocéis la técnica de despegar con el acelerador a tope. Yo tampoco, he tenido que improvisar, pero os aseguro que antes de dejar de tocar el suelo ya iba completamente acelerado. No sé cómo lo he hecho. No sabría explicarlo. No podría repetirlo.

Ya en el aire, con el acelerador siempre a fondo, la angustia de subir y subir sin avanzar nada. Bueno, casi nada. Pero la angustia era completa. Hasta que, muy poco a poco, me he ido separando de la ladera, he dejado de subir, he empezado a bajar. He aterrizado en cuanto he podido. Y el baño en el pantano me ha calmado un poco.

El "dedo" de Gallegos, cerca de Arcones, atalaya visible volando en la zona.

Foto de Quique Segura. www.amigosdelromanico.org

DESPERRIZAJE

Tal vez os haya pasado. Y sin duda lo habréis oído contar muchas veces: “Estaba muy bajo, buscando ya un sitio para aterrizar, cuando de repente ha empezado a pitar el vario y ¡Hasta el techo!,¡Hasta la nube!”. ¡Qué gusto da!. Sobre todo si has ido tú solo a volar, has dejado el coche arriba y ya estás pensando en la caminata que te espera para recuperarlo.

Más difícil es que lo hayáis hecho vosotros, pero sin duda habréis visto algún video en internet: Despegar desde la playa. En la misma playa se levanta la vela, se arrima uno a la duna de detrás, se sube unos pocos metros con la vela encima, se encogen las piernas y ¡A remontar bien arrimado a la ladera!

Pero lo que me pasó el otro día es casi imposible que os haya pasado a vosotros. Y no creo que lo hayáis visto en video.

El caso es que llegué a mi zona habitual de vuelo, un enorme laderón orientado al NW, con una inmensa llanura a sus pies. Tan grande como un mar: el mar de Castilla.

Pero el viento estaba de atrás. De sur. Fuerte arriba, y perfecto en la campa para eso, para hacer campa. Ni subí. Pero me dispuse para una larga sesión de campa. Es bueno hacer campa, para pilotos de cualquier nivel. Aprendes a controlar la vela con precisión, y eso te sirve de mucho no sólo en los despegues y aterrizajes, sino en cualquier fase del vuelo.

Total, que allí estuve un buen rato. Levantaba de espaldas, de frente, llevando la vela hacia los lados, subiéndola enfrentada, de lado, girándola antes de bajarla, intentando recuperarla cuando estaba ya cerca del suelo. Todas esas cosas.

Me disponía a terminar, pero decidí hacer una última carrera. Levanté la vela, me giré y empecé a andar. Avanzaba bien, porque el viento había amainado, y de repente fue como si me topara con una pared. Imposible avanzar más. ¡Pero no estaba clavado en el suelo! ¡Empecé a subir! Un despegue vertical, tipo Harrier, tipo helicóptero. Esperaba en cualquier momento el tirón de la vela hacia atrás y el golpe contra el suelo. Pero no, solté totalmente los mandos y seguí subiendo hasta una altura que me permitió hacer un giro completo. Y seguir subiendo. Ya me relajé y me comporté como si estuviera dentro de una térmica fuerte y pequeña. Girando cerrado. Y subiendo. Y efectivamente era una térmica fuerte y pequeña, aunque bien formada y poco turbulenta. Que me subió por encima de la altura del despegue, con todo el mar a mis pies.

El vuelo fue largo, me dejé llevar por el viento, hacia el norte, encontré más térmicas, y terminé haciendo un buen puñado de kilómetros. Despegando desde el aterrizaje.

Arturo F.

¿Desperrizando? Aeródromo de Castejón de Sos, Huesca.

Foto de Tandemteam. www.tandenteam.es

 

 

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